miércoles, 27 de febrero de 2013

RELATO FINALISTA - FIN DEL MUNDO (IX)


Pues sí soñadores.

Aquí tenéis el otro relato finalista del concurso "Yo sobreviví al fin del mundo", organizado por la Editorial Otros Mundos.
Un excelente y apocalíptico cuento de Esther Galán titulado: "Espectros".

Gracias Esther por esta historia.

Y a los demás...  ¡¡¡a disfrutarla!!!




Espectros
por Esther Galan

Finalista de concurso Yo Sobreviví al Fin del Mundo

Al principio todo era indiferencia e incredulidad. La gente parecía ignorar o no ver lo que estaba sucediendo, pero la sombra de lo que ocurría plagaba toda la ciudad. Al principio sólo eran unas cuantas desapariciones o suicidios, en menos de una semana los casos se triplicaron y llegaron noticias desde todas partes del mundo en el que había más casos como esos. Una chica en la biblioteca se esfumaba dejando una marca renegrida en el suelo, en el punto exacto donde la vieron por última vez. Un anciano se arroja por la ventana, cae en la acera y se mata. Pronto los rumores de que los cuerpos de los suicidas desaparecían en las morgues se extendió, hasta ser ya una verdad absoluta. Metían un cuerpo fiambre con la cabeza reventada en una de las celdas del congelador de la morgue y al rato ya no estaba, sólo quedaba esa marca oscura que formaba la silueta del difunto sobre la bandeja metálica en la que había estado el cadáver.

Otros rumores más escalofriantes y menos lógicos se sucedieron. Tales como que algunas personas se habían cruzado o habían visto de lejos a alguno de los desaparecidos o suicidas.  Los que afirmaban haber tenido un contacto más cercano a ellos contaban que ya no parecían personas, sino más bien espectros y que su sola presencia les llenaba de malestar y desasosiego. Los que narraban haberlos visto de lejos también coincidían en la terrible sensación interior que aquellos seres les provocaban. La diferencia entre unos y otros es que los primeros acababan desapareciendo también, dejando la huella negra en los últimos lugares en los que habían estado; y los que sólo los habían percibido en la lejanía no.
Crecieron el número de suicidas, y todos ellos tenían en común que habían visto de lejos a una de aquellas criaturas. El pánico se apoderó de la ciudad y poco a poco el lugar pasó de ser un sitio muy transitado, ruidoso, vivo a estar abandonado, silencioso y muerto. Los habitantes quedaron divididos entre seres que se paseaban “sin vida” y aquellos que luchábamos por instinto de supervivencia.
Recuerdo que mi propia compañera de piso había desaparecido, dejando una marca profunda y negra en el sofá, donde se sentaba siempre. Apenas dos días después, mientras introducía la llave en la cerradura de casa para entrar, percibí que había algo dentro, algo que me observaba a través de la mirilla. No alcé la cabeza. Saqué la llave de la cerradura, di media vuelta y con paso rápido salí del edificio. Supe que ella, Stacy, de una forma horrible aun seguía dentro del piso. Y también supe que quería atraparme. Quería mi alma.

De eso hace casi un mes.  No soporté estar en la ciudad mucho más tiempo, cada vez había menos personas vivas y más de aquellos espectros deseosos de tener un alma. Algo que devorar, tal vez energía vital para poder seguir en esta dimensión. Todavía no sé qué son con certeza. Ted, un conocido con el que me encontré cuando estaba intentando escapar de una de aquellas cosas, los llamó fantasmas. Me explicó que a él casi le atrapan en los lavabos de un centro comercial, ahora abandonado. Cómo una chica, apenas adolescente se acercó a él, su rostro desdibujado, casi traslúcido. Su mirada era oscura y penetrante y Ted no tuvo más remedio que escapar por una pequeña ventana que había en los servicios.
Ahora le miro y siento que hicimos lo mejor. Él conduce mientras nos alejamos de cualquier zona habitada. Llevamos el maletero lleno de provisiones y mantas para pasar las frías noches dentro del vehículo. Sigo sin creerme que lográramos salir con vida de aquella ciudad atestada de fantasmas.  Y lo mejor de todo es que no estoy sola, él me protege y vela por mi bienestar.

Ladeé la cabeza que tenía apoyada en el cabecero y le miré. Conducía de noche a una velocidad media con las luces largas dadas, atravesando la niebla espesa que se concentraba a los pies de la montaña. Cubriendo la carretera y rodeándonos a nosotros. 
—¿Crees que lo conseguiremos? —le pregunté en un susurro apenas audible.
Ted pestañeó en silencio sin apartar la vista de la carretera. Sus rizos le cubrían parte de la frente.
—¿Conseguir el qué?
—Sobrevivir —contesté.
—Si logramos mantenernos alejados de los sitios poblados —comentó con su voz neutra, relajada— y si tenemos suerte.
Asentí  sin apartar la mirada de su cara, pálida y manchada de cenizas, cubierta de algunos rasguños pero fina. Como si la hubieran tallado. Sonreí, era extraño pensar en lo hermosas que eran sus facciones mientras el mundo se iba a la mierda, pero en ese momento, dentro de aquel coche que encontramos en un arcén, en la oscura noche y  con aquella espesa niebla pululando a nuestro alrededor no sabía en qué más pensar. No se me ocurría nada. Mi mente había renunciado a volver a ser racional, dejé atrás hace algún tiempo la idea de que esto se arreglaría, de que todo saldría bien. Sólo me quedaba una cosa. El presente.
Poco a poco, mis ojos se fueron cerrando, todo se iba oscureciendo más y más. Todo excepto la piel blanca de Ted que resaltaba entre tantas tinieblas. Y sin darme cuenta me quedé profundamente dormida.

Me desperté al oler la carne frita. No usábamos aceite así que el bacon mañanero que conseguimos ayer en la última gasolinera que vimos no sabría igual que el de siempre. Aunque no importaba. Apenas lograba recordar cómo sabía el bacon frito con aceite en una sartén, una neblina se iba apoderando de nuestras mentes haciéndonos olvidar las cosas que eran cotidianas. Di cuenta del desayuno con un hambre voraz, casi animal. Tenía la ligera sensación de que cada vez éramos menos humanos, como si volviéramos a nuestra raíces. Los sucesos que habíamos vivido nos estaban haciendo cambiar, y no precisamente para mejor. Miré en derredor y descubrí que Ted descansaba acostado en el asiento trasero del coche. Ocupaba todo el espacio y se había cubierto con una manta hasta la cabeza. Apenas unos rizos curiosos asomaban entre la tela. Al verlo no pude evitar sonreír mientras limpiaba la cazuela en la que cocinábamos todo con un trapo sucio, demasiado usado en poco tiempo. Me acerqué al coche y guardé los bártulos en el maletero, después cerré con cuidado de no dar un golpe fuerte y despertar a mi acompañante. Bebí un buen trago del agua viciada que contenía la sucia garrafa que estaba a medio terminar, y tomé el relevo al volante.
Conduje durante toda la mañana, parando dos escasas veces para orinar junto al coche, en plena carretera y seguir nuestra ruta. El frío de la montaña nos asediaba, nada que ver con la extraña frialdad de las ciudades deshabitadas. Era antinatural, algo horrible que ponía los pelos de punta. Una especie de gelidez en la nuca que te hacía saber que estaban ahí, mirándote. Intentando cazarte.
Sólo de pensarlo se me revolvía el estómago. Tanta gente a la que quería se había esfumado, dejando aquella espantosa marca negra que señalaba su transformación en “entes”. Mi familia, mis amigas y amigos, mis compañeros, vecinos y conocidos. Todos ellos ya no existían, o si lo hacían, si habían sobrevivido como nosotros tal vez nunca volviera a encontrarme con ellos.  Al recordarlos noté como mis ojos se humedecieron. Me los froté intentando prestar atención a la solitaria carretera y evitando pensar en esas cosas que hacían crecer en mí aquel sentimiento fatalista de que esto no tenía sentido, que si me hubiera dejado coger por mi compañera de piso, Stacy, ahora no tendría que estar sufriendo por dentro ni malviviendo en un mundo asolado.
Recuerdo que uno de mis profesores  de instituto me mandó hace algunos años un libro que hablaba de la peste. Aquella gran enfermedad que se llevó consigo a buena parte de los seres vivientes del mapa. Esta era nuestra peste, la peste del siglo XXI. Una enfermedad que te va matando poco a poco y te hace saber que estás muerto en vida. Aquellos malditos monstruos eran nuestra epidemia.

Anocheció y Ted todavía no se había despertado. Lo contemplé sintiendo la calidez que desprendía su cuerpo bajo la manta. Su respiración tranquila, acompasada y el olor que desprendía e inundaba el interior del coche.  Puse las luces de emergencia y paré en la cuneta para descansar. Llevaba demasiadas horas pegada al volante y los ojos me empezaban a escocer. Suspiré mientras me frotaba suavemente los párpados con las yemas de los dedos, creando círculos que calmaran el malestar de mis globos oculares. Una extraña tranquilidad rodeaba nuestro vehículo. Escuché cómo salía y entraba el aire en Ted, cómo  lo iba expulsando sin prisa. Me centré únicamente en eso, en él, en su olor y en la respiración que me acompañaba. Dispuesta a conducir un rato más fui incapaz, cuando cerré los ojos no volví a abrirlos.

Pesadamente abrí los ojos, frotándolos con fuerza al darme cuenta que ya estaba amaneciendo. La niebla seguía rodeando todo el trayecto y al ir a arrancar el coche caí en la cuenta que se había terminado la batería al haberme dejado las luces de emergencia dadas toda la noche. Un frío espasmo me recorrió la espalda. Si no nos movíamos podríamos ser presas fáciles para aquellos seres incorpóreos. Mi ansiedad aumentó y comencé a pisar el acelerador mientras forzaba la llave en el contacto para poner en marcha el coche, pero no funcionaba. El ahogado ruido del motor intentando arrancar me taladraba los oídos, las manos comenzaron a sudarme y un desasosiego me poseyó. Comencé a hiperventilar y gemir mientras golpeaba el volante con ambas manos, presa de un ataque de pánico. Cuando de pronto reparé en que Ted no estaba a mi lado. Me giré y miré la manta que descansaba cubriendo el asiento trasero. Alargué mi mano manteniendo mis pensamientos al margen. No podía creerme que se hubiera marchado, que me hubiera abandonado ahí, en mitad de la nada. Al agarrar la manta y arrastrarla hasta mi,  mis peores temores se confirmaron. Ahí, en el asiento trasero reposaba una marca negra similar a cenizas y entonces mi mente se bloqueó. Escuchaba mi propia respiración, agitada y nerviosa, poblar el interior del coche. Estaba sola, Ted ya no estaba y en su lugar había una mancha oscura, como la de aquellos que desaparecen tras ver un ser. Y entonces comprendí.

Ocurrió cuando paramos en la gasolinera para abastecernos con lo que encontráramos. Me había quedado fuera, sacando la gasolina con una goma a otro coche que estaba abandonado cerca de un surtidor. Ted salió del establecimiento a prisa, con la cara lívida y tenso. Sólo me dijo:
—Vámonos ―y se metió en el vehículo a toda prisa, arrojando lo que había encontrado en la gasolinera al asiento trasero del coche.
Le pregunté pero no me respondió, condujo como un loco y yo pensé que sería porque tal vez había intuido que allí había uno de esos entes. Pero ahora, mientras miraba aquella señal indudable de muerte supe que no lo había intuido, ni siquiera lo había visto de lejos. Aquel ser que había en la gasolinera le miró a la cara, frente a frente, y le robó el alma. 
Una pesada lágrima resbaló por mi mejilla. Ted era lo único que me quedaba y ahora, sin él estaba perdida. Me dejé ahogar en la desesperación mientras apretaba el volante con ambas manos. Los nudillos se marcaron bajo mi piel y la respiración se atascaba en mi garganta.  Fue cuando noté aquella fría sensación en mi nuca, que bajó por mi espalda clavándose en mi piel. Un frío antinatural pobló el coche empañando los cristales y entonces noté que había alguien detrás de mí, en el asiento trasero. Tenía la vista fija en el volante del coche y me resistí a girarme y encararlo. Sabía lo que me encontraría. Alargué la mano hacia el tirador para abrir la puerta y correr por aquella carretera fantasmal, pero, inconscientemente mis ojos se deslizaron al espejo retrovisor que tenía sobre mí.
En el reflejo distinguí unos ojos blanquecinos, vacíos que me miraron acercándose más y más. Ted ya no era Ted pero seguía aquí, dispuesto a que siguiéramos juntos. Grité, grité apartándome del espejo mientras el espectro de lo que un día fue Ted devoraba mi alma, convirtiéndome en uno de los suyos.

1 comentario:

  1. Un relato muy bueno!!El final es increíble!!Me encantó.

    Cuidado con los espectros Joan!

    Besos!

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